Una escara —también llamada úlcera por presión o úlcera de decúbito— es una lesión que aparece en la piel y los tejidos que están debajo de ella, causada por la presión constante sobre una misma zona del cuerpo durante un período prolongado. Cuando una persona permanece mucho tiempo en la misma posición, ya sea acostada o sentada, el peso del cuerpo comprime los vasos sanguíneos contra el hueso, reduciendo o cortando el flujo de sangre en esa zona. Sin suficiente oxígeno y nutrientes, la piel y el tejido debajo de ella empiezan a dañarse, y si la presión no se alivia a tiempo, ese daño puede evolucionar hasta convertirse en una herida abierta.

Este proceso ocurre con mayor frecuencia sobre las llamadas «prominencias óseas»: puntos del cuerpo donde el hueso está más cerca de la superficie de la piel, con poco músculo o grasa que amortigüe la presión.

Mapa de zonas de mayor presión al estar acostado: omóplatos, codos, sacro, caderas y talones

Las zonas más comunes son el sacro y el cóccix (la base de la espalda), los talones, las caderas, los codos, los omóplatos y la nuca — es decir, las áreas que reciben más peso al estar acostado boca arriba, de lado, o sentado en una silla o silla de ruedas.

Es importante entender que una escara no aparece de un día para otro sin razón: es el resultado de presión sostenida combinada, casi siempre, con otros factores que hacen que la piel de una persona sea más vulnerable que la de otra.

¿Quién tiene más riesgo?

Quién tiene más riesgo de escaras: movilidad reducida, adultos mayores y niños menores de 5 años, alteraciones neurológicas, incontinencia urinaria o fecal, conciencia alterada

No todas las personas corren el mismo riesgo de desarrollar una escara. El riesgo aumenta especialmente en:

  • Movilidad reducida: personas que permanecen mucho tiempo en cama o en silla de ruedas, porque no pueden cambiar de posición por sí mismas con la frecuencia necesaria.
  • Adultos mayores y niños menores de 5 años: en los adultos mayores la piel suele ser más delgada y frágil, con circulación más lenta; en los niños pequeños la piel también es más sensible.
  • Alteraciones neurológicas: personas con lesión medular u otras condiciones neurológicas, que pueden no sentir la incomodidad o el dolor que normalmente nos hace cambiar de posición.
  • Incontinencia urinaria o fecal: la humedad constante debilita la piel y la hace más susceptible al daño.
  • Conciencia alterada: personas sedadas, con demencia u otra condición que reduce su capacidad de percibir o comunicar la molestia que produce la presión sostenida.

Reconocer estos factores de riesgo es el primer paso para prevenir una escara antes de que aparezca — y, si ya apareció, para identificarla a tiempo. En el siguiente artículo de esta serie explicamos cómo se clasifican las escaras según su gravedad, para saber qué tan urgente es actuar en cada caso.

¿Cómo puedo ayudarte?